《SIN SECRETOS- CYNTHIA RYTLEDGE》Capítulo 9
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—Me alegro de que fueses a buscarme —dijo Trish, limpiándose los labios delicadamente con la servilleta de papel—. Esta pizza es la mejor del pueblo.
—Al estar Tommy de campamento con los chicos de la iglesia, me pareció que tendrías deseos de un poco de compañía —sonrió Jack—. Después de todo, ¿qué ibas a hacer con tanto tiempo libre?
—Ya encontraría algo que hacer —dijo Trish con una sonrisa resignada.
Jack no pudo evitar pensar lo guapa que se encontraba aquella noche. Aunque su vestido veraniego no fuese demasiado corto, dejaba al descubierto un amplio escote y mucha piel dorada.
Se moría por tocarla desde que había ido a buscarla a casa. Al abrir la puerta del coche, ella había pasado a su lado, y había deseado tomarla en sus brazos en aquel mismo instante. Pero aquella noche era la noche de renovar su amistad, no de darse besos.
Y Trish era una gran conversadora. Hacía rato que Jack no se reía tanto. Pero entre su sugerente perfume y la forma en que ella se pasaba la lengua por los labios para limpiarse la salsa de la pizza, le estaba costando trabajo concentrarse.
—Es agradable tener la oportunidad de reanudar nuestra amistad —dijo Trish, jugueteando con la pajita de su bebida—. Aunque nos conocíamos en la secundaria, la gente cambia.
—No creo que hayamos cambiado tanto. Seguimos disfrutando juntos, igual que cuando teníamos dieciocho anos —dijo Jack.
—Si disfrutabas tanto conmigo, ¿por qué nunca me invitaste a salir? —pregunto Trisa, inclinándose sobre la mesa con los ojos brillantes de curiosidad.
La pregunta lo tomó por sorpresa. Decirle que nunca se le había ocurrido invitarla a salir hubiese parecido ridículo, pero, desgraciadamente, así lo era. Masticó, haciendo tiempo.
—¿Te avergonzaba mostrarte conmigo en público? —insistió ella—. ¿Por eso?
—No —dijo él—. Por supuesto que no.
—Entonces, ¿por qué nunca me presentaste a ninguno de tus amigos? ¿Por qué nunca tuvimos una cita de verdad?
Después de todos aquellos años, Jack no estaba seguro de por qué le importaba tanto a ella, pero se notaba que así era. Se movió en la silla, incómodo.
—La verdad —dijo, haciendo un gesto con las manos y decidiendo que lo mejor sería ser honesto—. No se me pasó por la cabeza.
—¿Nunca se te ocurrió? —preguntó Trish, incrédula.
—Nunca —dijo Jack, dudando de poder hacerla comprender algo que ni él mismo comprendía—. Yo tenía mis amigos y supuse que tú tendrías los tuyos.
—Sí, claro... —dijo Trish, encogiéndose de hombros.
Jack se sintió avergonzado al pensar en como le había fallado.
—Daría cualquier cosa por dar marcha atrás en el tiempo.
Se quedaron en silencio durante un largo rato. Jack se preguntó si todo habría sido diferente con Trish formando parte de su vida entonces. ¿Sería su esposa ahora?
¿Y Tommy, sería su hijo?
—No podemos volver atrás, pero sí que podemos empezar de nuevo —dijo Trish finalmente.
Jack pensó un momento en la idea, llena de ilimitadas posibilidades.
—Me gusta la idea de volver a empezar —dijo finalmente—. Hoy podría ser un comienzo nuevo, como una primera cita.
—¿Y la semana pasada cuando fuimos al cine y a cenar a Kansas City?
—De acuerdo, esta es nuestra segunda cita —dijo Jack, entusiasmándose con la
idea.
Trish estuvo de acuerdo con él y después de terminarse la pizza, se dirigieron a
Lynnwood Lanes para jugar a los bolos «a la luz de la luna».
Jack pronto se dio cuenta de que Trish no era una profesional e insistió en abrazarla para «enseñarle», pero no logró grandes progresos, aunque eso a Trish no pareció importante demasiado. Y a Jack, tampoco. Le gustaba tomarle el pelo y especialmente tenerla entre sus brazos. Parecía que apenas habían empezado cuando acabó el partido.
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—Quizá ha sido mejor que no estuviésemos juntos entonces —dijo Trish con una sonrisa mientras se desataba los zapatos de la bolera—. Eres un pulpo.
—Y esto es solo el principio —dijo Jack, guiñándole un ojo.
Ella rió. Dejaron los zapatos sobre el mostrador y se dirigieron al coche.
—Me lo he pasado genial, Jack —dijo Trish con una sonrisa satisfecha—. Si tener una cita en el instituto era así, lamento habérmelo perdido.
—La noche es joven aun —dijo Jack sonriente, abriéndole la puerta del coche—.
Todavía nos quedan cosas que hacer.
—¿De veras? —preguntó Trish sorprendida—. Es casi la medianoche. ¿Qué más hay abierto en el pueblo?
—No es en el pueblo —dijo Jack, cerrando su puerta. Silbaba cuando rodeó el todoterreno y se sentó—. Vamos a Grogan's Point.
Puso el coche en marcha y metió la marcha atrás, retrocediendo.
—¿Estás de broma? —dijo Trish—. Todos saben que la única razón para ir a Grogan's Point es para besarse y tontear.
—Exacto —dijo Jack—. Hace diez años era el sitio de moda para hacerlo.
—¿Allí llevabas a Missy?
Jack le dirigió una mirada de curiosidad.
—A veces. Pero generalmente tenía tanta prisa por verte, que Missy tenía que contentarse con un beso o dos ante su puerta.
—¿Contentarse? —preguntó Trish, burlona.
Jack sonrió con modestia y se concentró en conducir. Después de una curva, salió del asfalto y se metió en un camino de grava.
—¿En serio que me llevas allí? —preguntó Trish.
—A menos que no quieras... —dijo Jack, mirándola de soslayo.
—No. Vayamos —dijo Trish. Se enderezó y miró hacia delante con las mejillas como dos tomates—. Nunca he subido de noche.
Jack metió el cambio, ¿qué era lo que su madre siempre decía? Ah, sí. Todavía falta lo mejor. Sonrió y apretó el acelerador.
Con los dedos entrelazados detrás de la cabeza, Trish miraba el cielo. Se había preguntado qué intenciones tendría Jack al sacar una manta del maletero, pero cuando él le explicó que conocía un sitio con hierba que les permitiría mirar mejor las estrellas, suspiró aliviada.
Conversaron un rato sentados, pero cuando Jack sugirió que se echaran hacia atrás y se relajasen, el pulso se le aceleró. Hasta aquel momento, lo único que habían hecho era relajarse. Y, por supuesto, mirar las estrellas.
—¿En qué piensas?—preguntó Jack suavemente, rompiendo el silencio. Trish sintió cómo se ponía colorada y agradeció la oscuridad
—Me preguntaba qué tendría de especial venir aquí arriba.
—¿No te gusta?—preguntó Jack, incorporándose sobre un codo.
—Está bien —dijo Trish, haciendo un encogimiento de hombros—. Pero es un poco aburrido.
—Oh, ya comprendo —dijo Jack. A pesar de la poca luz, Trish vio cómo le relucían los ojos—. La señorita quiere un poco de acción.
Sin decir nada más, el brazo de Jack se deslizó sobre Trish y la apretó contra sí.
Trish lanzó una risilla, sintiéndose nuevamente como una estudiante. Se arrebujó contra él e inspiró su aroma.
—¿Ahora está mejor? —preguntó Jack con voz ahogada en su oído.
—Abrazarse es bonito —concedió ella.
—¿Bonito? —dijo Jack con fingida indignación—. Es nuestra primera cita.
Intentaba ser caballeroso.
—Es nuestra segunda cita. Y no es necesario que seas caballeroso hasta ese extremo —dijo Trish, envalentonada por el deseo de sentir sus labios contra los suyos—. Puedes besarme si quieres. No me importaría.
—No es necesario que lo pidas dos veces —dijo Jack.
—No te lo he pedido...
Los labios de Jack ahogaron sus palabras y Trish decidió que no importaba quién lo había pedido, porque había conseguido lo que quería. Los labios de Jack eran suaves y dulces y ella se relajó en sus brazos, disfrutando con su contacto. La besaba como si hubiesen tenido todo el tiempo del mundo. Se le hizo un nudo en la garganta al darse cuenta de lo mucho que lo había extrañado todos aquellos años.
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Echó la cabeza hacia atrás mientras Jack la besaba en el cuello.
—¿Sigues aburrida? —le susurró, haciéndola sonreír.
—Quizá un poquito —mintió con cara seria, observándolo tras las pestañas bajas—. Esto es bastante inocente.
Jack la contempló durante un largo rato antes de que su mano le tomase el rostro para mirarla a los ojos.
—Esta vez quiero hacerlo bien —le dijo suavemente—. No quiero ser apresurado.
Lo que Jack decía era lógico. Pero llevaba diez años alejada de aquel hombre. Y ahora había vuelto, despertando con un beso y una suave caricia emociones que creía olvidadas.
—¿Quién ha hablado de apresurarse? —susurró Trish—. Tenemos toda la noche.
Jack le recorrió el rostro con la mirada y buscó en sus ojos hasta que esbozó una leve sonrisa.
—Tienes razón —dijo Jack—. Tenemos todo el tiempo del mundo. Reclamando sus labios, la estrechó contra su cuerpo.
Trish abrió su boca a la presión persuasiva mientras le hundía los dedos en el espeso cabello. Se besaron hasta que el aliento de Jack ardió contra su mejilla, hasta que sus pechos se apretaron contra la fina tela de su vestido, hasta que lo único que ella deseó fue a él.
Como si le hubiese leído el pensamiento, Jack deslizó su mano dentro del vestido para abarcarle con ella un pecho. Ella se movió ante su contacto, abriéndose a las sensaciones que había olvidado hacía tiempo. Cuando pensaba que se moriría de anhelo, él le rozó con el pulgar la hinchada cúspide. Trish se arqueó hacia atrás y el deseo se convirtió en una ardiente necesidad.
Jack sonrió, apartando la tela del vestido. Inclinó la cabeza para seguir el camino que había trazado su mano. Trish se estremeció mientras la mano masculina se movía más abajo...
—Tienen que estar por aquí —dijo una voz masculina. Jack se quedó petrificado y Trish se envaró.
—Ay, estos chavales —dijo una voz que procedía de donde habían aparcado el coche.
—¿Tienes una linterna?
Presa del pánico, Trish miró a Jack.
Dios santo, no era solo un hombre. Eran dos.
Jack se llevó un dedo a tos labios y se sentó lentamente. Ella se acomodó el vestido y se pasó los dedos por el pelo, con el pulso latiéndole desbocado. Jack alisó la manta y le dio un tranquilizador apretón de manos cuando los dos alguaciles aparecieron en el claro.
El haz de la linterna se posó brevemente en Trish antes de dirigirse a Jack.
—¡Anda, si es Jack Krieger! Vi el todoterreno, pero no me di cuenta de que era suyo. No esperaba encontrarlo aquí.
—Yo tampoco, Fred —rió Jack—. Trish y yo subimos aquí a mirar las estrellas.
Espero que no haya una ley que lo impida.
—Por supuesto que no. Pero la mayoría de los que suben aquí son chavales. Y la mayoría vienen a hacer cosas que no son exactamente mirar las estrellas.
—Es difícil de creer —dijo Jack—, en un sitio tan público como este.
A Trish se le subieron los colores al pensar lo expuesta que se había encontrado unos minutos antes.
—Se les suben las hormonas —dijo Fred con una risa abogada—, y lo hacen en cualquier lado.
—Increíble —dijo Trish. Se preguntó hasta dónde habrían llegado ella y Jack si no hubiesen llegado los alguaciles.
—Bien, perdón por haberlos molestado —dijo Fred, tocándose el ala del sombrero—. Que disfruten del resto de la velada.
Trish esperó hasta que hubiesen desaparecido antes de hablar.
—En cuanto se vayan, será mejor que nosotros nos vayamos también.
—¿Estás segura de que no deseas mirar las estrellas un poco más? —preguntó Jack, mirándola a los ojos.
—No es exactamente por falta de deseo —dijo Trish, recordando el juramento que había hecho sentada sola en el minúsculo apartamento con su recién nacido: nunca haría el sexo antes del matrimonio. Todos aquellos años no había sido difícil guardarlo... hasta ese momento.
—No, desde luego que no —dijo él, rozando con sus labios los de ella antes de ponerse de pie y darle la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Y adonde nos dirigimos ahora, Jack? —preguntó Trish, alisándose el vestido con la mano.
—Ahora te llevaré a casa. Como te dije, no tenemos que apresurarnos —dijo Jack, pasándole un brazo por los hombros—. Me gustas, Trish Bradley, y esta vez lo vamos a hacer bien.
«Esta vez lo vamos a hacer bien».
Trish recogía la mesa del desayuno, incapaz de creer cuánto había cambiado desde la noche en que él había dicho aquellas palabras.
Habían ido despacio, conociéndose nuevamente. Cuando Tommy tenía que entrenar, Jack se encontraba con ella en el campo y miraban el partido juntos. Los fines de semana, ella y Jack iban a un concierto o al cine.
Aunque su relación no era un secreto, Trish dudaba que la gente de Lynnwood supiese que estaban saliendo juntos. Aunque él era afectuoso en privado, después de la noche de los bolos no la había ni tomado de la mano en público. Sus dudas se vieron confirmadas cuando se encontró con Missy en la tienda, que le había dicho que tenía que llamar a Jack para «verse».
Trish se había mordido la lengua. ¿Cómo iba a decir que Jack ya estaba ocupado cuando no había ningún compromiso serio? Después de todo, no habían hablado de matrimonio y su dedo anular estaba desnudo.
Pero el comportamiento de Jack durante las últimas semanas la había tranquilizado casi completamente. Aunque nunca comprendería cómo había podido ser tan canalla, estaba convencida de que él había cambiado.
Se oyó un portazo y segundos más tarde Tommy irrumpió en la cocina. Trish sonrió al ver su expresión excitada.
—¿Qué pasa?
—He recibido una carta —dijo Tommy, mostrando el sobre—. De Washington.
—¿De quién? —preguntó Trish.
—De Peter —dijo Tommy.
Peter era el mejor amigo de Tommy desde preescolar. Cuando se acababan de mudar a Lynnwood, Tommy lo mencionaba constantemente, pero desde que se hizo amigo de Matt, hablaba poco de él.
—Tú también has recibido algo de Washington —dijo Tommy, arrojándole un sobre.
Trish lo agarró y le dio la vuelta, esperando encontrarse con una cuenta. Carlyle Consulting.
El corazón le dio un vuelco. La respetada consultaría había sido la empresa en la que más le hubiese gustado trabajar cuando buscaba empleo. Aunque habían expresado interés e incluso le habían hecho una entrevista, no tenían ninguna vacante en aquel momento.
Abrió el sobre y sacó la carta, leyéndola rápidamente.
Los ojos se le abrieron como platos. La releyó y lanzó una risa ahogada.
—¿Qué pasa, mamá?—preguntó Tommy preocupado—. ¿Algún problema?
—No, en absoluto —dijo Trish, moviendo la cabeza, incapaz de creérselo. Era irónico. Hacía tres meses, habría dado brincos de alegría ante su oferta: el doble de su antiguo salario y además, coche de la empresa—. Es una oferta de trabajo de una de las consultorías más importantes de Washington.
—No nos volveremos, ¿no? —preguntó Tommy, inquieto—. A mí me gusta
aquí.
—A mí también —dijo Trish, sonriendo para tranquilizarlo. Dobló nuevamente
la carta y la metió en el sobre. Más tarde, cuando hiciese las cuentas de la casa, les escribiría una nota de agradecimiento declinando la oferta. El puesto no estaría libre hasta después del Día del Trabajo. Eso les daría tiempo suficiente para buscar a alguien más.
—No nos iremos a ningún sitio.
¿Por qué hacerlo? Lynnwood era su hogar y todo lo que siempre había deseado se encontraba allí.
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