《SIN SECRETOS- CYNTHIA RYTLEDGE》Capítulo 7
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Jack se echó hacia atrás en la silla de la cocina y tomó un trago de té helado. El lunes había sido ajetreado, pero por algún motivo, se sintió inquieto y salió del despacho pronto. En vez de irse derecho a su casa, pasó por la de su hermana.
—¿Qué tal los niños? ¿Te arrepientes de haber aceptado el trabajo de canguro?
—En absoluto —sonrió Julie—, Tommy es muy bueno. Y cuidar a un niño de nueve años no es tanto trabajo.
—Ocho.
—¿Qué?
—Que Tommy tiene ocho años, no nueve—dijo Jack.
—Estás equivocado —dijo Julie con el tono de hermana mayor dictando cátedra que siempre lo había irritado—. El niño tiene nueve años.
—Ocho —sonrió Jack—. Pero si te hace feliz creer que tiene ocho...
—Lo aclararemos ahora mismo —dijo Julie. Se puso de pie y cruzó la cocina para abrir la puerta mosquitera—. Tommy, ¿quieres venir un minuto?
Momentos más tarde, Tommy y Matt irrumpieron en la cocina, y sonrieron al ver a Jack.
—¿Qué pasa? —preguntó Matt. Agarró dos galletas del plato que Julie había puesto para Jack sobre la mesa y le dio una a Tommy.
—Tommy, ¿tu cumpleaños era en febrero o en enero? —preguntó Julie.
—En enero —dijo Tommy, tragando el trozo de galleta que acababa de morder—. Te he dicho que en enero.
Jack esbozó una sonrisa confiada mirando a su hermana. No podía esperar a demostrarle que él tenía razón.
—¿Y cuántos anos tienes?
—Nueve. Soy mayor que Matt.
—Unos meses tan solo —protestó Matt.
—Sí, pero soy mayor.
—Chicos —dijo Julie, dando una palmada y cortando en seco la discusión—. Ahora que habéis comido una galleta, ¿por qué no aprovecháis para ir a jugar un rato? Falta poco para que llegue la madre de Tommy.
Los niños agarraron unas galletas más y corrieron fuera.
—¿Y? ¿Quién tenía razón, entonces? —dijo Julie.
—No es posible que tenga nueve, ese es el tema.
—Jack —dijo Julie, lanzándote una mirada triunfal—. El niño tiene nueve.
Estabas equivocado, reconócelo.
—Pero no es posible —dijo Jack—. Si nació en enero, eso quiere decir que Patty, quiero decir Trish, se quedó embarazada en el instituto.
—¿Y qué? —preguntó Julie—. No habría sido la primera chica de Lynnwood en encontrarse en esa situación. Aunque ahora que lo pienso, no recuerdo haberla visto con nadie.
—Yo sí, una vez —dijo Jack pensando en aquella noche—. Fue a la fiesta de graduación con pareja.
—Ahí tienes —dijo Julie—. Eso es lo que sucedió. Las fechas encajan.
—Es verdad —dijo Jack y sintió una súbita opresión en el pecho que apenas le permitía respirar. Dios santo, ¿se habría quedado Patty embarazada aquella noche? Pero ella había dicho que se había casado. Hasta Peter dijo que ella estaba divorciada. Tenía que haber una explicación lógica. Patty nunca le habría ocultado la verdad a él.
Intentó encontrar una explicación. Patty no había tenido relaciones antes de aquella noche, de eso estaba seguro. Pero lo que había sucedido después de que ella se marchase de Lynnwood era un misterio. Era joven y vulnerable, pero no podía creer que se hubiese acostado con el primero que se fe cruzó por delante.
—Tengo que irme —dijo, echando la silla hacia atrás.
—¿Por qué no te quedas a cenar? —preguntó Julie, recogiendo la mesa—.
Tenemos estofado.
Aunque Jack no había comido demasiado a mediodía, pensar en comida le revolvía el estómago.
—No tengo hambre.
—¿Desde cuándo ha sido eso un impedimento? —rió Julie—. Cuando eras pequeño, mamá decía que tu estómago no tenía fondo. Comías hasta que decías que estabas lleno y luego engullías una tarta entera de postre.
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—Te lo estás inventando.
—John Thomas Krieger —dijo Julie bromeando—. Mira que Dios te está oyendo mentir a tu hermana.
Ella siguió regañándolo en broma, pero Jack apenas la oía. John Thomas.
Se te hizo un nudo en d estomago. Se dirigió a la ventana y miró al niño de cabello oscuro que hacía lanzamientos en el patio. Era imposible que Tommy fuese su hijo. Imposible.
¿O no?
Trish detuvo el coche junto al bordillo frente a la casa de Julie y apagó el motor. Dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el apoyacabezas y se relajó un instante por primera vez desde las cinco de la mañana. Además, había pasado la noche en blanco.
El recuerdo de los besos de Jack le habían ocupado los pensamientos e impedido dormir.
Se preguntó si Tommy tendría deseos de pedir algo por teléfono. Aunque Trish se había propuesto comenzar la semana con una cena nutritiva, la idea de pedir una pizza resultaba infinitamente más atractiva. Si la comían en platos de papel, lo único que tendría que hacer después sería tirar los platos a la basura.
Cuando acabó de planear la cena, se bajó del coche buscando en el bolso algún bono de descuento para llamar por teléfono. Ya había subido la mitad de los escalones del porche cuando descubrió con un sobresalto que Jack la esperaba sentado en la hamaca.
—Jack, qué sorpresa —dijo Trish forzándose a hablar con naturalidad, aunque el rubor la delatase—. No esperaba verte tan pronto.
—Tenemos que hablar.
—Por mí, encantada —mintió—. Pero me temo que se me ha hecho muy tarde.
¿Otro día, quizá?
Jack se levantó de la hamaca y de dos zancadas se puso delante de ella.
—Ahora.
Trish levantó la barbilla. No tenía ninguna intención de hablar de su disparatado comportamiento. Se hallaba cansada y tenía hambre, pero por encima de todo, tenía vergüenza.
—Te he dicho que no puedo —dijo—. Tommy tiene que comer...
—Está comiendo en este mismo instante —dijo Jack. Ella comenzó a interrumpirlo pero él levantó la mano—. Le dije a Julie que no habría problema, que tú y yo teníamos que discutir algo.
—No tenemos nada que discutir —dijo Trish, retrocediendo un paso antes de que su perfume le hiciese perder el sentido Gira vez—. Y no tienes ningún derecho a tomar decisiones con respecto a mi hijo.
—¿No? —dijo él, echándole una mirada enigm—tica—. ¿Estás segura?
—Totalmente —dijo ella, alargando la mano para abrir la puerta.
—¿Estás segura de que quieres entrar y que todos, incluido Tommy, oigan lo que tengo que decirte?
Algo en su rostro la hizo detenerse.
—De acuerdo —dijo, encogiéndose de hombros—. Ya que parece tan serio, supongo que podré esperar cinco minutos. Di lo que tengas que decir.
—Esta conversación tiene que ser privada —dijo Jack, segando con la cabeza—.
Podemos ir al parque o a mi casa. Elige tú.
¿Elegir? Estaría sola con él de cualquier modo, a menos que hubiese alguien más en el parque.
—Vayamos al parque —dijo—, pero tendremos que ser breves. Tommy se ha pasado el día entero en casa de tu hermana.
—Vamos —dijo él bajando las escalinatas—. Quiero acabar con esto cuanto antes.
Trish se tranquilizó al pensar que lo que él quería hacer era disculparse. Quizá sería lo mejor, así no sentirían esa tensión horrible cada vez que se encontrasen es el futuro. Aceleró el paso y cuando llegaron al parque se sentía casi liberada. Se sentaron el un banco de piedra en un lugar recluido.
—Me siento tan idiota —dijo Jack, lanzando un entrecortado suspiro.
Trish sintió un enorme alivio. Era un buen comienzo. Al menos ambos estaban de acuerdo en que se habían comportado de manera absurda. Aunque sabía que él había disfrutado con sus besos tanto como ella, habían jugado con fuego. Y no podían permitir que ello sucediese nuevamente. Carraspeó.
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—Creo que ambos permitimos que las hormonas nos anularan el sentido común.
—¿De qué hablas? —preguntó él extrañado.
—Anoche en la cocina —dijo ella—. ¿De qué hablabas tú?
—Hablaba de Tommy —dijo él—. De que es mi hijo.
Trish sintió que la sangre se le helaba en las venas. Hizo un esfuerzo por respirar.
—¿Tommy? ¿Tu hijo? ¿Y de dónde has sacado semejante idea?
—Las fechas coinciden —dijo Jack, tenso.
—¿A qué te refieres? —dijo Trish, haciendo tiempo.
—A que hicimos el amor en abril y Tommy nació en enero.
Aquello era exactamente lo que preocupaba a Trish sobre su vuelta a Lynnwood. Afortunadamente, ya había supuesto que sucedería y había inventado una historia plausible.
—Tommy fue prematuro—dijo—. Se adelantó casi tres meses. Los médicos dijeron que era un milagro que hubiese sobrevivido.
—Entonces, habrás conocido al padre de Tommy...
—Justo después de mudarme a Washington—dijo Trish—. Yo era nueva en la ciudad y él también. Ambos nos sentíamos solos. Creo que por eso todo fue tan rápido.
Jack soltó el aliento que contenía. Después de todo, había una explicación lógica.
Pero ¿y el nombre?
—¿Por qué lo llamaste John Thomas? —preguntó—. Ese es el nombre que hemos pasado de padres a hijos durante generaciones en mi familia.
—El padre de Tommy se marchó antes de que el niño naciese —dijo Trisa, ruborizándose—. Siempre me había gustado el nombre John Thomas y no se me ocurrió ninguno mejor... espero que no te importe.
—No. Lo comprendo totalmente —dijo Jack, acercándose a su lado y dándole una torpe palmadita en el hombro—. Ni te puede imaginar lo estúpido que me siento.
—Apuesto a que también te sientes aliviado —dijo Trish.
—En cierto modo, sí—reconoció Jack—, pero Tommy es un chico estupendo. Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese idéntico a él.
La contempló un momento. Ella apretaba las manos en el regazo y una película de sudor le humedecía la frente.
—Gracias por ser sincera conmigo—le dijo, inclinándose para apretarle una mano.
Sabía que había sido duro para ella reconocer que se había casado con el primero que se lo pidió, pero le agradecía que le hubiese dicho la verdad. Porque la honestidad siempre había sido importante para él. Y si su relación iba a mayores, desde luego que no quería que hubiese mentiras entre los dos.
Trish arropó a Tommy con las sábanas y le dio un abrazo.
—¿Sabes cuánto te quiero?—le preguntó.
—Hasta el cielo—dijo él con una sonrisa.
—Es verdad —replicó ella, dándole un beso en la frente—. Y no lo olvides nunca.
Encendió la luz de noche antes de cerrar la puerta. Tommy era un niño buenísimo. Una bendición de Dios.
«Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese idéntico a él».
Siguió pensando en las palabras de Jack hasta que llegó a la cocina. Se sirvió un gran vaso de feche y se sentó a la mesa.
¿Se había equivocado al no decírselo? Después de tantos años, la negativa había sido automática. Hacía tiempo había jurado que nunca volvería a tener relaciones con el hombre que le había roto el corazón con sus mentiras, haciéndole aprender a golpes que tas apariencias podían engañar.
Volvió a recordar aquella noche...
Patty se apretó contra Jack, sintiendo su piel desnuda, cauda y suave contra la suya. Aunque el sitio no fuese romántico, no recordaba cuándo había sido tan feliz en su vida.
—Será mejor que nos vistamos —dijo Jack, levantándose de la improvisada cama de colchonetas para ponerse los pantalones.
Patty lo agarró de la muñeca y lo hizo acostarse junto a ella nuevamente.
—¿Qué prisa tienes?
Jack se llevó la mano femenina a los labios y le mordisqueó los dedos hasta que ella lanzó una risilla.
—Son casi las seis y no quiero arriesgarme a que nos sorprendan.
Tenía razón, pero la noche había sido tan maravillosa, tan mágica, que Patty no quería que acabase nunca. Se dio la vuelta y sus pechos rozaron el tórax masculino mientras que sus manos descendían por el vello del abdomen.
—Oh, Patty —dijo Jack y se la subió encima con un rápido movimiento—, ¿qué voy a hacer contigo?
Ella sonrió y lo miró a los ojos, reflejando su deseo en ellos.
—Tengo un par de ideas.
Volvieron a hacer el amor y mientras Jack la acariciaba tuvo que recurrir a toda su voluntad para no gritar cuánto lo amaba. Necesitaba desesperadamente oírselo decir primero. Pero como él no lo dijo, ella se contentó pensando que a veces las acciones hablaban más que las palabras. Y durante la hora siguiente él le demostró de mil y una formas cuánto la quería.
Después, se vistieron en silencio, alisando la ropa arrugada e intercambiando sonrisas tímidas. Aunque tuviese el pelo alborotado y una sombra de barba en las mejillas, Jack estaba guapísimo. Patty conocía a una docena de chicas que matarían por ser su novia. Todavía no podía creerse que la hubiese elegido a ella.
—Es increíble que ya sea de día —dijo, pasándose la mano por el pelo, súbitamente nerviosa—. Anoche parecía que nunca llegaría mañana y ahora está aquí...
Jack estrechó su mano entre las de él, interrumpiendo su parloteo.
—Anoche fue genial. Quiero que sepas...
Se oyeron unas risas del otro lado de la puerta y un ruido en la cerradura. Jack soltó la mano de Patty como si hubiese sido una patata caliente y se alejó de ella justo cuando se abría la puerta.
Ron y Chip irrumpieron en el cuartucho. Vestían camisetas y vaqueros y sonreían.
—¿Os lo habéis pasado bien?
—Sí, genial —dijo Jack, en un tono sarcasmo—. Intentad dormir sobre el suelo. Siguieron hablando usos minutos y durante ese tiempo Jack ni siquiera la miró.
Era como si ella hubiese dejado de existir. Patty sintió una opresión en el pecho. Era como si la noche anterior no hubiese significado nada para él.
—Voy al cuarto de baño —dijo, y pasó al lado de ellos, sintiendo deseos de llorar.
Después de asearse un poco, sus pies descalzos volvieron silenciosos por el brillante linóleo. Al final del pasillo Jack hablaba con sus amigos, dándole la espalda.
—¿Qué pretendes con ese chiste? —su voz resonó en el silencio—. Tengo novia, ya lo sabes.
Ron murmuró algo y luego él y Chip lanzaron sendas risotadas,
—Estás loco —dijo Jack envarándose—. Como si yo fuese a hacer algo con ella.
Durante un segundo Patty pensó, como una tonta, que se refería a Missy. Hasta que oyó su nombre y Chip y Ron volvieron a reír. El estómago le dio un vuelco y las rodillas comenzaron a temblarle. Pensó por un instante que se desmayaría, pero después de tomar atiento varias veces para calmarse, logró recuperar la compostura.
Tendría que haberse imaginado que Jack no la quería, que lo único que deseaba era sexo. Ella había estado a mano, y, además, dispuesta.
Dios, había estado siempre dispuestísima. Se había entregado sin reticencia alguna. Se puso como un tomate al pensar en lo que había hecho. Prácticamente le había rogado que le hiciese el amor... y de todas las formas posibles.
Se tragó las lágrimas y enderezó los hombros. Cuando llegó basta los chicos, tenía los ojos secos.
—Tengo que buscar mis zapatos—dijo, a nadie en particular.
—Te llevo a casa el en coche —dijo Jack.
—No te molestes —replicó Patty, orgullosa de poder parecer tan intranscendente cuando en realidad se le estaba rompiendo el corazón—. Bastante me has soportado toda la noche.
—No me importa... —dijo Jack.
—Jack, tío, déjala que camine —dijo Ron, dirigiendo una mirada de desdén al redondo cuerpo de Patty—. Dios sabe que le vendría bien hacer un poco de ejercicio.
—¡Basta!—dijo Jack.
Aunque la insensibilidad de Ron no era ninguna novedad, Patty se volvió a sentar herida por sus comentarios. Pero al menos sabía lo que pensaban Chip y Ron. Pero la gente como Jack era muchísimo más peligrosa, gente que simulaba amiga. Que les decía una cosa y luego se reía a espaldas.
—Ron tiene razón —dijo Patty, levantando la barbilla—. Me vendrá bien el ejercicio.
—Deja qué te lleve —insistió Jack—. Es lo menos que puedo hacer.
Patty se clavó las uñas en las palmas para no responderle con alguna inconveniencia.
—No, gracias. Ya has hecho bastante.
Logró controlar las lágrimas hasta llegar a su habitación y meterse en la cama. Una vez allí, golpeó la almohada con el puño una y otra vez hasta que su cuerpo se vio sacudido por sollozos.
¿Cómo podía haber sido tan estúpida? Si su propio padre no la quería. ¿Por qué había pensado que un tipo como Jack lo haría?
—¿Mami?
Trish salió de golpe de su ensueño y parpadeó para enfocar la mirada en la puerta.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Tommy con expresión preocupada.
Trish exhaló un suspiro tembloroso y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Sí, estoy bien, cielo.
—Pero llorabas.
—Cuando mami se cansa, a veces lo único que quiere es llorar un poco —dijo Trish, restándole importancia—. Luego me siento mucho mejor.
Tommy la miró con desconfianza.
—¿Y ahora te sientes mejor?
—La verdad es que sí —dijo Trish, sintiendo al decirlo que era cierto. Revivir aquellos horribles momentos le habían hecho darse cuenta de que había hecho lo correcto en no comunicarle a Jack que Tommy era su hijo.
Jack era un conquistador. Un hombre que podía hacer con una sonrisa que una mujer dejase de lado toda sensatez. Pero Trish ya era una adulta, no una jovencita ingenua, y el bienestar de Tommy era su prioridad número uno. Quería que su hijo creciese y llegase a ser un buen hombre que nunca abandonaría a su familia en los malos momentos o le haría el amor a una chica para luego dejarla plantada.
Aquella vez, Jack le había demostrado que no podía confiar en él, así que ahora no iba a ser tan tonta de confiarle a su hijo.
O su corazón.
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