《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 41.1 - Es el momento de contraatacar
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Un hormigueo le recorrió las manos y el resto de su cuerpo desde que desaparecieron. Finnian no entendía muy bien qué había sucedido, aunque la lógica le decía que iba más allá del efecto que tuvieron su magia al chocar. Se giró, encontrando a Leander, quien le observaba con curiosidad, a pesar de su respiración entrecortada.
—Desaparecieron antes de que rebotaras su magia.
El corazón continuaba acelerado, y aunque su mente más despacio, su cuerpo se movía por sí solo. Sus compañeros estaban bien, vivos y de una pieza, pero con heridas que debía de atender pronto, y no eran los únicos.
—No sabes lo que has hecho, ¿verdad? —dijo Leander. Su voz era grave, aunque ya calmada por no verse expuesto a condiciones negativas.
—Es lo que me estoy preguntando —repuso Finnian.
Continuaba con el modo supervivencia activado. Era una presión en el pecho que había conocido en las pesadillas, pero que desarrolló en Elthea ante los peligros mortales que siempre se encontraba. Incluso con las sospechas y las señales, ver cómo sus peores pensamientos se hacían realidad era lo que continuaba afectándole. Acercando sus manos a ellos, dejó que un suave resplandor surgiera de estas. Cualquier curación necesitaba un catalizador, algo que ayudara en el proceso, pero no quería permanecer más tiempo del necesario en el exterior. Al menos así percibió cómo les quitaba algo del dolor, lo que les permitiría que se recuperaran con mayor eficacia una vez entraron en su colgante.
—¿Finnian? —Ead había regresado—. He visto lo que ha pasado.
—Es todo culpa mía. Debí detenerla antes.
—¿Por qué dices eso? ¡Para nada lo es!
Porque Braunah se lo advirtió. Porque si tanto la conocía debió de ver que algo no iba bien. Su indecisión les había llegado a ese punto, aunque no estaba seguro de si podía considerarse aquello como una derrota.
—Tú no eres culpable, ¿me escuchas? —exclamó Ead, volando frente a él—. De ser así, yo debí darme cuenta de que Kali no era una de los míos y nos habríamos ahorrado esto.
—Eso no puedes saberlo.
—Tu tampoco, así que deja de machacarte —le contestó el colibrí.
—¿Me has leído la mente? —dijo Finnian.
—No, pero veo tu corazón, noto lo que sientes. Y con solo mirarte sé cuánto te preocupan —dijo Ead.
—Haz caso al frionach. Hasta yo lo percibo y no tengo su talento.
El arco se había transformado en un bastón que Leander usaba de apoyo. Quizás no era el mejor momento para unas presentaciones, aunque ya no fueran necesarias. Su mirada era como el cielo que les acompañaba, una mezcla de azul y morado, sereno y profundo. Después, con una mano, se tocó en el pecho, señalando a Finnian y el mismo lugar.
—¿Están ahí dentro?
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—Pueden salir cuando quieran. Es lo mejor que puedo hacer por ellos ahora —explicó Finnian.
No tenía fuerzas suficientes para llevarles a la vez, pero dentro de su Marca estarían más que a salvo. Era como si les ocultara en su corazón, o esas fueron las palabras de Nova. De ese modo podrían descansar y curarse más rápido, además de ver y escuchar lo mismo que él. Entonces se dirigió hacia Leander, y antes de que pudieran decir nada más, pasó uno de sus brazos por encima de su hombro para que le usara de apoyo.
—Mejor esto que volver caminando solo, ¿no? —dijo Finnian, forzando una sonrisa.
Y aunque no comentaron nada más, ambos retomaron su regreso hacia la Orquídea Plateada. Durante unos minutos anduvieron en silencio, ni siquiera Ead lo rompió, pendiente por si alguien más estuviera siguiéndoles. Estaban solos, con el peligro lejos de ellos, aunque no a salvo.
—Se marcharon. El hada les teletransportó antes de que las dañaras —dijo Leander.
—Me alegra haberlas perdido de vista, no tanto por el resto —dijo Finnian.
—Sigues sin comprender cómo ha sucedido —dijo Leander.
—Quería protegeros, a todos —dijo Finnian.
Aquel subidón de energía no nació del odio, ni del enfado o la frustración por la situación en la que estaban. Solo buscaba que salieran lo mejor que fuera posible, pues al ver los auténticos colores de Blanche, incluso tuvo sus dudas de que algo así sucediera. Aunque estaban vivos, que no era poco.
Su conversación no fue mucho más allá, o no por el momento. En cuanto alcanzaron la entrada de la dorean, un reducido grupo de elthean estaban custodiándola. Sin embargo, bastó con que retiraran sus armas cuando Leander les indicó que no lo hicieran.
—Mantened un perímetro. Debemos de ver venir a cualquiera que tenga intenciones de pasarse por aquí.
Sería demasiado pronto para desvelar que había una Signo renegada en Elthea, al menos hasta que ellos pudieran reagruparse. Incluso siendo de noche, la sensación de que no descansaría (ni podría) no le abandonaba. Tampoco Leander tenía el objetivo de darles de lado, aunque hubieran sido bastante sinceros con sus intenciones. Tras regresar a su casa, varios sanadores acudieron, aligerando la carga de lo que tenía que encargarse.
—Estamos bien —dijo Rune.
—Más que bien —dijo Aer.
—Dejad que os examinen —les pidió Finnian.
Porque nadie se iría a ningún lugar, ni tampoco conversarían si hubiera otros a su alrededor. Sin embargo, antes de que se quedaran solos, no dudaron en insistirles que comieran algo. Incluso cuando sus nervios no le hubieran abandonado, al menos las manos ya no le temblaban, pero la idea de cenar tarde se le antojó hasta una tarea mayor que la pelea contra Blanche. Sin embargo, se sorprendió al ver lo fácil que entraba aquella comida.
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—Hay que aprovechar en cualquier momento para reponer energías. Nunca se sabe lo que puede ocurrir —dijo Leander.
Si bien ninguno planeo aquello, tampoco es que pudieran hacer mucho más, en especial por todo lo que tenían que abordar cuando el tiempo no estuviera a su favor. Entonces, antes de empezar, Leander tuvo un gesto que le recordó demasiado a sus padres. Le puso una mano en la frente y después en las muñecas, casi como si estuviera comprobando su temperatura. Finnian frunció las cejas, para a continuación recibir lo que le entregaba: un cristal tallado con la forma de un búho. El trabajo parecía simple en un principio, en especial porque era de un azul tan puro como el mismo cielo. Sin embargo, bastó con que permaneciera en su mano durante unos segundos para que la energía fluyera sobre este, permitiéndole apreciar con mayor claridad su hermoso acabado o lo mágico que era.
Leander no tardó en alzar una muñeca, enseñándole una pulsera djinn similar a la suya, y teniendo colgando de ella un amuleto idéntico al que acababa de darle.
—Un cristal primigenio es lo que hace de las valiant tan especiales. No se encuentra al alcance de cualquiera, pero alguien digno pueda aprovechar el poder que le ofrece —dijo Leander.
Ya le hablaron de ellas, aunque nunca había tenido la oportunidad de ver dichos cristales con sus propios ojos. La explicación de Leander era la que conocía, y por la manera en la que cerró su mano para que se quedara con aquel fragmento, comprendía que les había protegido lo mismo que cuando peleó contra Ailfryd.
—Anwil me habló de lo que hicisteis por Azure, o el cómo para ser precisos —dijo Leander, sonriéndole con la mirada—. Aunque ha sido verte reaccionar esta noche para cerciorarme que era a ti quien debía dárselo.
—Tendría que darte las gracias por algo así, pero ni siquiera sé muy bien cómo viene a mí —dijo Finnian.
Existían diferentes sitios en Elthea donde crecían estos minerales. No es que fueran a verlos en cualquier mapa o libro, pues los cristales primigenios que formaban las valiant eran tan escasos como caprichosos. Solo unos pocos lograban encontrar uno que reaccionara con ellos, aunque no en esta ocasión. Leander fue a conseguir el suyo varios años atrás, y fue en esa misma misión cuando un segundo cristal apareció en su camino, fragmentándose en dos.
—Apenas controlo mi magia como para ponerme a jugar algo así —admitió Finnian.
—No creo que tengas otra opción. Tu valiant te reclamaba desde que llegaste hace un mes —dijo Leander—, y lo sé porque sentí cómo el cristal te estaba llamando.
—Viniste aquí con magia, más de lo que habías esperado —intervino Aer.
—Puede que Elthea estuviera más que nunca necesitada de un Signo fuerte —dijo Rune.
—Pero también te está dando los medios para combatir por ella —dijo Leith.
—No pienses en lo que hubiera podido ser distinto. Esto solo confirma lo que ya sabemos de ti —dijo Nero.
Leander les miró. Esta vez se tomó un tiempo para observarles con algo más de detenimiento, aunque fueran durante unos segundos. Permanecía calmado incluso después de una crisis como aquella, siendo capaz de mostrar gentileza cuando hubiera podido morir. Él era la definición de líder. Distinto a Ailfryd, pero un guardián con todas sus letras.
—Entiendo por qué fuiste elegido, aunque tenemos un desafío mayor como nunca se ha visto.
Blanche, Kali y Ark. Los tres eran una amenaza por lo que llevaban haciendo durante meses sin que nadie les interrumpiera. Destrucción, sembrar tal caos que el auténtico equilibrio de ese mundo sufriría de manera irreversible. Quería pensar que no habían llegado a ese punto, o no de momento
—¿En qué nivel estás? ¿Maestro? —preguntó Finnian.
—Esa bicha con alas engaña a cualquiera —admitió Leith chasqueando la lengua.
—Puede que fuera Maestro, o que estuviera cerca —dijo Rune.
—No es una de los míos, eso está claro —dijo Ead—. Se trata de una Eterna.
Las Eternas eran confundidas con los frionach por diversos motivos, aunque el principal era que fingían ser uno de ellos. Mientras que Ead y sus semejantes guiaban a otros elthean, las eternas como Kali buscaban la grandeza y se centraban en sus objetivos. Poseían bastantes conocimientos, aunque ignoraban sí los adquirían porque tenían su propia comunidad o se los arrebataban a otros. Como broche final, solían acompañar a los Señores de la Calamidad, sirviéndoles como sus manos derechas, o al menos en el pasado.
—Ni siquiera creíamos que siguieran existiendo. Tampoco es que en el Galya nos fueran a enseñar algo así —dijo Aer.
—Demasiadas cosas que fueron olvidadas están regresando —dijo Nero, soltando un suspiro.
—Y el compañero de esa Signo, ¿Ark se llamaba? —dijo Leander—. Su poder no es solo de él. Igual ella le ha infundido con parte del suyo.
—Eso es… ¡Aterrador! —murmuró Ead.
—Un problema más a la lista —dijo Finnian, rodando la mirada—. Al menos no están aliadas con Calamidad.
Algo que parecía bueno, pero en realidad resultaba peor. Si Ariel no fue capaz de ver lo que de verdad eran Ark y Blanche cuando les capturaron, o sabían ocultarse tan bien como para engañarlo, o la influencia de Kali les afectaba incluso cuando no viajó con ellos. Quizás fuera el motivo por el de sus ausencias o limitar la magia que hacían: para evitar que les descubrieran demasiado pronto. ¡Al menos ahora ya no se andaban con nimiedades!
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