《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 22.1 - La sombra de la luna nueva
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La aldea de Alder, por mucho que fuera considerada como un lugar de reunión, era más de lo que a simple vista ofrecía.
No tan grande como el Galya, ni tan pequeña como Alta Espada, aquella localización se encontraba en medio de la nada. Lo que en el pasado hubiera sido una desventaja, pues pocos sitios servirían para esconderse, sus habitantes se habían adaptado. Los muros de piedra evitaba que cualquiera pudiera entrar, o al menos que no lo tuviera accesible. Varias torres de vigilancia eran repartidas de manera estratégica, ofreciendo visión tanto de lo que hubiera en su interior como en el exterior, e incluso sus puentes, aquellos que marcaban los caminos principales, estaban bien custodiados.
Lo que más destacaba, sin embargo, era un molino blanco de considerable tamaño que debía de encontrarse en el centro de Arden, convirtiéndolo en el corazón y el lugar habitual en el que podría esconderse su líder.
—¿Tenemos todo listo? —dijo Finnian.
Tampoco es que tuvieran la posibilidad de darse la vuelta, o es que fueran a escogerla. Braunah y el resto de la manada habían tomado posiciones para lanzar su ofensiva, algo que sucedería en cuestión de minutos mientras que Nero y ellos ponían en marcha su plan. Si bien era cierto que el manto de la noche les ofrecía mayores posibilidades para esconderse, sus alternativas eran limitadas. Las torres de vigilancia podrían estar equipadas con artefactos o magia que les permitieran ver con mayor precisión, algo que muchas poblaciones tendrían a su alcance y era probable que Calamidad les hubiera proporcionado dicho recurso. Por ese mismo motivo, la idea de Nero debía de ponerse en acción.
—¿Podremos hacerlo? —dijo Nero, mirándoles con cautela.
—Es un hechizo complejo, aunque no imposible —admitió Finnian.
El lobo pretendía canalizar el poder de la luna nueva para esconderse. El principal problema venía a que no estaba oculta por completo, faltando un día o poco más para que tuvieran esa condición. Debido a ese ligero detalle, dicha magia no sería tan eficaz, aunque sí tendría que funcionarles.
—Mantenerlo es lo que me preocupa —dijo Finnian, pasándose una mano por la barbilla—, aunque si eso nos ayuda a evitar un enfrentamiento directo, merecerá la pena.
No se trataba de un hechizo que tuviera que repetir para el efecto continuara activo. Comprendía lo básico para saber que bastaría con iniciarlo y dejar que su energía hiciera el resto, aunque había otros factores que también influían. Su mayor temor es que no fuera capaz de controlarlo y acabara perjudicándolos.
—Olvidas que estamos contigo —dijo Rune.
—Si sentimos que es demasiado para ti, intervendremos —le aseguró Aer.
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Al fin y al cabo, estarían usando su vínculo para que les envolviera a todos, incluso a Nero. Le habría encantado contar con más tiempo con el que practicar, pero el reloj estaba en movimiento y mientras antes avanzaran, antes podrían evitar un daño mayor.
Tras revisar su cinturón y las pociones que estaban en él, por si fueran a necesitarlas, asintió con convicción mientras Nero se agachaba, ayudándole a que subiera sobre su lomo.
—Menos mal que tu manada no nos están viendo. A saber cómo reaccionarían —murmuró Leith.
—Que piensen lo que quieren, cada cual lucha como quiere—resopló Nero.
—Secundo eso —dijo Finnian, subiéndose la capucha.
Tras un instante en el que Aer, Rune y Leith se acomodaron a su espalda, pronto comprobaron que Nero no tuvo problemas con el peso extra. Su pelo, a simple vista suave, ofrecía una resistencia mayor de lo que Finnian llegó a imaginar, ayudándole a que se sujetara sin temor a hacerle daño o a caerse.
—Todo listo. Empecemos —dijo Ead, escondiéndose dentro de su capucha.
Sin palabras, sin gestos de sus manos ni tampoco otros métodos, se limitó a que su magia llamara al poder de la luna y la noche para iniciar el hechizo. Un cosquilleo le recorrió su cuerpo, y por lo que pudo percibir de sus compañeros, fue una sensación que todos compartieron, pues aquello resonaba como si de una nueva música se tratase. Entonces, el pelaje azul y blanco y Nero se tornó casi transparente y oscuro, igual que la noche. No obstante, no era el único que había cambiado. Tanto él como sus compañeros ahora estaban camuflados, convirtiéndose en una silueta que otros tendrían complicado ver con precisión. Sus ojos mostraban la oscuridad más definida, daba igual con cuál de sus compañeros conectara, captando incluso aromas que eran llevados por el viento.
—Podría acostumbrarme a esto —murmuró Finnian.
—Llevaba mucho tiempo queriendo hacer esto —admitió Nero.
Percibía algo más que su corazón acelerándose, o la ilusión y alegría por seguir su plan. Ni él ni el resto de sus amigos entendían el tipo de vida que había llegado, pero que estuvieran todos allí les hacía sentir que encajaban. Algunos lo llamarían destino, aunque lo más cercano que se le pasaba por la cabeza a Finnian era cuando por fin sintió que tenía amigos.
Tras unos segundos de contemplar el hechizo, Nero inició la carrera, haciendo que su mundo temblara con cada pisada que este daba. Sin embargo, apenas generaba ruido a pesar de la fiereza de sus movimientos. Avanzaron directos hacia Arden, evitando los caminos principales, allá donde Braunah y el resto de los lobos estaban luchando, para dirigirse hacia uno de los muros exteriores. Un giro de muñeca moldeó y solidificó el aire, logrando producir plataformas que Nero aprovechó para saltar sobre ellas e infiltrarse.
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—Estamos a salvo, o eso creo —murmuró el lobo.
Su conexión dio un paso más allá sin que ninguno lo pretendiera. Los sentidos del lobo se vieron mejorados, no por lo que Finnian pudiera captar, sino por lo que Aer, Rune y Leith eran capaces de manera colectiva. Los sonidos de la batalla llegaban como pentagramas con notas, de todos los colores e intensidades, haciendo que la oscura noche dejara de serlo. Con la excepción de ellos, claro. Los elthean de Calamidad no habían reparado en su presencia, demasiado preocupados por los lobos que avanzaban.
—Ninguno de ellos es el que esta al mando —dijo Rune, soltando un resoplido mental.
—¿Acabas de soplar con tu mente? —suspiró Leith, tan sorprendida como él mismo ante su compañera.
—No es tan complicado, ¿no lo habéis probado? —dijo Aer, imitándola pero esta vez con un silbido.
—¿Creéis que es el mejor momento para algo así? —dijo Finnian, conteniendo las ganas de reírse, aunque no estaba seguro de si era por lo ridículo que resultaba esa situación o por el lugar en el que se habían metido.
—Atentos, el líder no ha hecho acto de presencia, tampoco nadie más —dijo Nero.
Ninguno de los combatientes desprendían una aura abrumadora de controlar la zona. La lógica les decía que, ante cualquier ataque, o bien tomaría la iniciativa de luchar contra sus agresores, o aguardar hasta que no le quedara otra opción. Esperaron lo segundo solo por complicarles aún más la tarea. Sin embargo, que no encontraran a otros elthean era lo preocupante. ¿Qué había pasado con los que vivían allí? ¿Se unieron al ejército de Ariel? ¿Se los llevaron a una especie de cárcel? ¿O tuvieron un destino peor?
—Quizás estén ocultos, aunque… —comenzó a decir Finnian.
—Creo que ese es un problema que no contemplamos —dijo Aer.
—Por no hablar del que tenemos ahora —dijo Nero.
Alder estaba iluminada como si de un árbol de navidad se tratara, demasiado para un pueblo como aquel, y en especial siendo de noche. Hasta el Galya se veía sumido en las sombras y se limitaban a tener la luz necesaria para saber por dónde se caminaba. Pero tanta luz había debilitado su hechizo, haciendo que el manto de luna nueva se desvaneciera, volviéndoles visibles.
—Supongo que necesita unos ajustes para que funcione mejor —dijo Nero.
—Nos ha llevado hasta la ciudad, que no es poco —dijo Ead.
Para ser más concretos, lograron llegar hasta el corazón de Alder, su molino blanco. Las casas (algunas de piedra, otra de madera) estaban intactas, lo que dejaba serias dudas de que hubieran luchado por el territorio hacía poco, pero también cerrado a cal y canto. Las calles estaban iluminadas y en el centro, justo en la plaza frente al molino blanco, era donde los esbirros de Ariel parecían haberse instalado, aunque nadie custodiara la entrada. El edificio desprendía una energía abrumadora, toda aquella de la que carecía la civilización. Aquel al que estaban buscando debía de estar en su interior.
—Vosotros entrad, yo protegeré esta zona —dijo Nero.
—No nos separaremos, cuidamos los unos de los otros —dijo Finnian.
—Alguien debe guardar la salida —le recordó Ead.
—Me quedaré con él —dijo Leith—. Os avisaremos si pasa cualquier cosa.
—Nosotros haremos lo mismo —dijo Aer, antes de chocar las patas con la dragona.
Por fuera se veía como un gran molino de viento, pero su mecanismo por dentro era fascinante. Escaleras, niveles y habitaciones ocultaba en su interior, todo moviéndose gracias al viento del exterior. ¿Era un molino? ¿Una mansión? ¿Ambas a la vez? El impulso de explorarlo fue dejado de lado debido a su misión y el elthean que encontraron completamente atado junto a las escaleras.
—Esto es demasiado fácil —musitó Finnian, consciente que todos podrían oírle—. ¡Si hasta le han dejado para que no nos lo olvidemos!
—Ahora no hay vuelta atrás —admitió Ead.
En el exterior la lucha continuaba por el control de Alder, pero fue al entrar cuando Finnian notó una atmósfera enrarecida, cargada con algo más que el estar cerrado. Usando una de sus afiladas plumas, Rune liberó al misterioso elthean, un animal bípedo de grandes orejas, pero el resto del cuerpo se asemejaba a un joven adulto. Entonces empezó a pedirles perdón como si la vida le fuera en ello.
—Dinos qué está sucediendo —dijo Finnian.
—¿Qué ha preparado Calamidad? —añadió Aer.
—Él me obligó —gimió el conejo—. Dijo vosotros vendríais y que si cooperábamos no nos pasaría nada. Os quiere a vosotros.
—¡Está aquí! —dijo Ead de inmediato.
Percibían a otros elthean allí, aunque no podían determinar si eran amenazantes o no. Sus compañeros asintieron, informando a los del exterior de aquel cambio que ya habían visto venir.
—Para la próxima recordarme que no vuelva a aceptar planes express de este tipo —dijo Finnian, negando con la cabeza.
Tenían que abandonar Arden, lo que iba a ser bastante más difícil que el entrar.
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