《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 12.4 - Una flecha que cruza las estrellas

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Tras su paso por Glaedr, su siguiente objetivo era ofrecerle paz mental a su compañera dragona. Quizás no tuvieran la capacidad de comunicarse con su clan, menos aún saber dónde se encontrarían incluso por las teorías que Leith tenía al respecto. Al fin y al cabo, Calamidad y el Erosionador creaban una inestabilidad que afectaba todo, y si había un cazador de dragones involucrado, la complicación aumentaba el doble.

Lo primero que aprendió, o más bien le hicieron recordar, es que no todos los elthean eran bueno o malos. Resultaba lógico, en especial porque aquel mundo no se podía simplificar en blanco o negro, por mucho que se vieran ciertas acciones como tal o que algunos se decantaran por un camino así, y lo mismo se aplicaba a los cazadores o los dragones.

Los clanes eran como solían organizarse, en ocasiones ocupando territorios de forma permanente, mientras que en otros se movían según sus costumbres. El de Leith era el segundo caso, contando con dragones de todo tipo, poderes y apariencia. Aunque lo más importante no era su fuerza, sino lo que podían hacer con su magia.

—Algunos consideran que los dragones tienen una sabiduría que ha sido olvidada —admitió Finnian mientras caminaban por la zona superior del Galya—, o al menos, eso es lo que dicen los libros en mi mundo.

—No se alejan mucho de la realidad —respondió Ead.

Igual que otros elthean, los dragones contaban con sus propias profesiones, ensalzando ciertas cualidades que poseían de manera natural, aunque eso no les hacía unos rivales menos poderosos. Algunos creaban arte, otros dedicaban su vida a la magia o eran filósofos. Al final, dependía en gran medida de cómo fueran criados y de las circunstancias en las que se encontraran.

—Mi clan es una mezcla variada, con artistas, hechiceros y guerreros. Vamos de zona en zona, compartiendo conocimientos y adquiriéndolos de otros dragones, como parte de nuestras tradiciones.

—¿Pero siempre estáis viajando? —señaló Aer.

—Para nada. También tenemos épocas de descanso, de volver al hogar, salvo que tengamos alguna sorpresa desagradable.

El cazador, uno que cuya afición favorita cazar a otros dragones, daba igual si eran buenos o malos. Finnian supuso que existían personas que no tenían otra cosa a la que dedicarle su vida, por triste que le pareciera.

Aunque en el Galya no había otros dragones en aquel momento, eso no impedía que se pusieran en contacto. En las poblaciones existían mensajeros por tierra, mar y aire, cada uno avanzando a un ritmo distinto según a quien buscaras, por eso mismo era complicado que contactar con ciertos clanes. El constante movimiento les hacía difíciles de encontrar, para bien como para mal. Las flechas mágicas, si bien eran efectivas para mandar mensajes, no resultaban infalibles y podían ser interceptadas por cualquiera con habilidad suficiente para ello.

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—¿Y qué hay del fuego? —dijo Finnian.

—Algunos lo utilizan para comunicarse —admitió Ead, pensativo ante la posibilidad—. Pero eso implicaría que tuvieran uno encendido, entre otras muchas cosas.

La sencillez de los mensajeros o flechas era que buscaban a esos elthean, de una forma u otra. En cambio, cuando se intentaban enviar mensajes mágicos, en lugar de más físicos, la dificultad aumentaba. La capacidad de quien lo mandara, lo que se quisiera trasmitir, la distancia o las protecciones que hubiera entre medias también influían en que llegara a su destino. Por eso el correo funcionaba tan bien incluso en tiempos como aquel, porque era más sencillo.

—Podemos enviar un mensaje al clan del norte, en Issey. Les conocemos de otras ocasiones, y quizás puedan darles la noticia —dijo Leith.

—Esa región es muy fría. Haría que las flechas mensajeras tuvieran más complicado llegar hasta ellos —dijo Rune.

—¿Tenéis otra alternativa? Porque visto de este modo, es lo mejor que podemos hacer, ¿no? —dijo Aer.

—¿Y qué hay de las estrellas? —intervino Finnian.

—Nunca se ha intentado algo así y que funcione —dijo Ead—. No es eficaz, piensa que se contemplan diferentes según dónde te encuentres.

Al igual que el resto de elementos, estas también se veían afectadas por todo tipo de fuerzas, y en este caso no solo influenciaba el dónde se encontraran, sino el clima que tuvieran.

—Vosotros me habéis enseñado que la noche ofrece tantas posibilidades como el día —respondió Finnian, pronunciando una ligera sonrisa—. No estoy hablando de mandar un mensaje por las estrellas, sino uno en ellas.

Sonaba a locura, quizás estuviera murmurando tonterías que no tenían ningún sentido. Las flechas mensajeras estaban encantadas con parte de ese elemento, utilizando su magia para que se movieran hasta que llegaran al receptor. El problema que ellos tenían era el desconocer dónde se encontrara el clan de Leith. Sin embargo… ¿qué podrían hacer sí abordaban aquello de otro modo?

—El vínculo que nosotros tenemos nos ha conectado —dijo Finnian, agachándose para quedar a la altura de la dragona—, pero también existen esos sentimientos con aquellos que nos quieren. ¿Y si eso podría servir de guía?

—Otros lo han intentad, pero se trata de una magia muy avanzada hasta para ti, Finnian —dijo Ead una vez más.

—Depende de cómo lo enfoquemos, y de lo que empleemos —señaló este.

Su mente iba a otro ritmo, igual que con su pelea contra Ailfryd. Quizás no hubiera aprendido aún a lanzar conjuros, menos aún crearlos o modificarlos. Sabía que la magia necesitaba de una serie de elementos y una energía que los pusiera en funcionamiento como para entender que tenían lo necesario para lograr lo que buscaban. Solo necesitaban un par de cambios de alguien que sí pudiera obrar algo así.

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Una vez se reencontraron con el Guardián, la propuesta le intrigó hasta el punto de que la considerara durante unos minutos y no desecharla.

—Entonces quieres mandarle un mensaje… usando las estrellas —repitió Ailfryd por tercera vez.

—Sabríamos hacia donde dirigirnos por Leith. Es su familia, al fin y al caso. Ese amor no desaparece incluso en la distancia —dijo Finnian.

No sería enviarles su localización ni mostrársela a otros, sino hacerles llegar un mensaje: que Leith estaba sana y salva y esperaba reencontrarse con ellos en algún momento. Las estrellas que verían sería parte de la magia, por lo que no tendrían que depender del clima, con la excepción que hubiera oscuridad para que las captaran.

—Hagámoslo —dijo Ailfryd, sin aguardar mucho más—. La noche se acerca y mientras antes lo tengamos listo, antes podremos llevarlo a cabo.

Así, sin más, se hicieron con una flecha mensajera, para hacerla unas modificaciones. No hubo marcas aparentas, y en su lugar necesitaban que Leith la impregnara con su esencia y el mensaje que quisiera enviarle a los suyos. Igual que el papel que usaban allí para escribir, dibujar o incluso crear fotografías, aunque en esta ocasión se reuniera en aquel objeto. Lo siguiente era alguien conectado con la estrella para que les fuera más sencilla su tarea.

Tras subir a uno de los miradores, el más grande que poseía el Galya, la acción recaía en Aer para que su plan tomara forma. Tras inspirar hondo, asintió con seguridad, justo cuando Finnian le ayudó a que evolucionara por segunda vez. Una fugaz luz cobró importancia en medio de la noche, iluminando aquel lugar como si de un faro se tratara, dejando paso al majestuoso ángel. No necesitaba volar, pues al encontrarse en la zona de las copas, contaba con espacio de sobra para mandarlo.

—Solo tenemos un intento —dijo Aer, con su voz de joven adulto, sujetando la flecha con delicadeza—. ¿Estáis seguros de esto?

—Has evolucionado, ¿no? Entonces estamos por el buen camino —dijo Leith.

Los brazaletes de Aer formaban parte de él, aunque eran unos artefactos otorgados por la esencia de Elthea. Estos podían adoptar la apariencia de diferentes armas, aunque solo hubieran visto una espada y escudo, dos que no necesitaban en aquel instante. Finnian mantuvo la mirada, notando la ansiedad que recorría cada centímetro de Aer, aunque también de los demás. Estaban haciendo magia que no todos pondrían a prueba en una época como aquella, por no hablar de lo que podría salir mal.

—Lo lograremos, ten confianza —dijo Finnian.

“El poder está en tu interior. Si le das forma y crees en ti mismo, te dará fuerza.”

Aquella voz, la que escuchó en su casa cuando todo comenzó. Regresó a él de manera fugaz, como si de un susurro traído por el viento se tratara, pero demasiado claro para que lo pasara por alto tanto él como sus compañeros.

Poniéndose a la altura de Aer, este le lanzó una rápida mirada para, tras alzas el pulgar, acabar asintiendo. Tensando su cuerpo, ambos extendieron sus brazos, igual que si sostuviera un arco. En esta ocasión no surgió un arma dorada de sus brazaletes, sino una fantasmal, desprendiendo purpurina como si estuviera incompleta. No obstante, el poder de aquel gesto, fuera cual fuera, permitió que el ángel sostuviera aquella arma. La flecha brilló, reaccionando a la magia que ahora contenía, desprendiendo un aura morada y rojiza, similar a la de la dragona.

Aer inspiró hondo, llenando sus pulmones, para después realizar su lanzamiento. La flecha abandonó su forma física y se convirtió en pura energía, impactando en el cielo que contemplaban desde el bosque. Durante un instante no sucedió nada, casi como si aquel acto no hubiera servido para nada más que hacerles perder el tiempo. Entonces es cuando lo vieron.

Una estrella fugaz, rauda y veloz, cruzó el velo nocturno. Igual que apareció también la perdieron de vista, dejándoles tan confundidos por si había funcionado o no. Sin embargo, una nota en su corazón calentó su espíritu, trasmitiéndoles una sensación de familiaridad que solo se experimentaba en ocasiones muy concretas: cuando se estaba cerca de la familia.

—Quizás… Quizás estemos lejos —murmuró Leith, con los ojos iluminados, presa de la emoción—. Sé que lo recibirán, se enteraran de que estoy sana y salva.

—Vuestros corazones serán las llaves que os guíen —dijo Finnian, alzando una mano para que la dragona chocara los cinco con él.

La esperanza viene tras la desesperación, y la vida era una montaña rusa de ambas. Solo había que apreciar la primera para no dejar que la segunda les impidiera hacer lo que todos querían: vivir.

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