《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 12.3 - Una vida atrás
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La vida que hasta ahora tuvieron Aer y Rune no era muy diferente a la suya, aunque eso no le impidió apreciarla. Lejos de habitar un castillo encantado, la escuela Glaedr respetaba la estética del bosque, aunque lo interesante venía en cuanto atravesaron sus puertas. Con su espacio físico ampliado con magia, lo que por fuera parecería una cabaña de madera de considerables proporciones, por dentro era una auténtica escuela.
Decorado de manera sencilla, un gran tablón de anuncios estaba cerca de la entrada, perfecto para enterarse de cualquier novedad que cualquiera quisiera colgar en él. Desde avisos en las actividades extraescolares, otros sobre del menú del comedor o recordatorios del toque de queda entre semana eran detalles que le daban encanto. Los pasillos y aulas, ahora vacíos, dejaban en evidencia que las clases habían terminado, aunque eso no impedía que percibieran movimiento. Sin embargo, aquella visita turística se vio interrumpida en cuanto alguien llamó su atención, o la de Rune en realidad.
Un pequeño grupo de elthean se lanzaron hacia ella, no en el sentido literal, pero se mostraban encantados de tener a su compañera de vuelta allí. Así, tras una breve explicación de Aer, pronto averiguó lo popular que era ella.
—No llevamos ni dos minutos y ya está rodeada de amigos —señaló Leith, ladeando la cabeza para observar mejor la escena.
Porque, al contrario que en otros sitios del Galya, su presencia había pasado casi desapercibida. Sí, les observaban, pero estaban demasiado ocupados en hablar con Rune como para centrarse en ellos, lo que era un alivio. Incluso saludaron a Aer, alguien con quien compartían curso, a pesar de ser un año más joven, pero no era el mismo trato, sino uno cordial. Y antes de que se dieran cuenta, Rune se despidió, prometiendo que se reuniría más tarde con ellos, pues quería ponerse al día con sus amigas.
—Guau —masculló Finnian.
—Ha sido rápida —asintió Leith—. Ni ha dudado ni un segundo.
—¿No hubieras querido apuntarte también? —le preguntó Ead a Aer, aunque este se limitó en un principio a negar con la cabeza.
—Son más sus amigos. A mí me consideran un compañero de clase más.
Por su forma de hablar no detonaba resentimiento, sino algo que ya había aceptado desde hacía bastante tiempo. Leith y él se miraron, y aunque no tuvieron necesidad de comentarle nada, intuyeron que la conversación de a priori no se alejaba mucho del problema. Resultaba irónico, a la par de triste, el trato que algunos podían recibir por ser distintos. ¿Es que no se miraban a la cara y comprobaban que nadie era idéntico? ¿Qué haría falta para dejar atrás disputas de aquel tipo? Porque daba igual en qué mundo se encontrara, pues siempre existía algo que servía de discordia entre los que vivían en él.
La visita turística, en todo caso, fue tranquila y sin muchas interrupciones. Aer le mostró las salas comunes, allí donde la mayoría pasaba su tiempo muerto, y siempre que no estuvieran en sus dormitorios. Los diversos grupos de gente que charlaba o estudiaba se encontraban diseminados, ninguno uniéndose a ellos para presentarse, e incluso escuchando la voz de Rune al fondo, siendo el centro de atención. Debía de ser un cambio agradable en los últimos días, por no señalar que formaría parte de su rutina habitual.
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—Es extraño —murmuró Finnian, frotándose los brazos por un escalofrío causado por el malestar—. No es muy diferente a mi escuela.
—¿Por los alumnos? —dijo Leith.
—Por pasar desapercibido —respondió Aer.
Era un don y una maldición, según se mirase, algo que hasta Leith comprendió. Su mellizo era el popular, el carismático que atraía la atención de los presentes. A su compañera no podía importarle menos, pues eso la permitía centrarse en otros asuntos de su interés. Pero las comparaciones siempre surgían, y esa era la punta del iceberg de problemas que derivaban de algo así.
—No lo habías comentado hasta ahora —dijo Aer.
—Tampoco lo creía importante —admitió ella, mirándose a sus patas—. El cazador se lo llevó, el pasado no puede cambiarse.
—Cierto, pero el presente determina el futuro —les recordó Ead.
—¿Conseguiste mandarles un mensaje?
Tras explicarles la situación a Ailfryd, este les sugirió que usaran los mensajeros, elthean con flechas mágicas que les permitía mandar mensajes de un lado a otro. Puede que el tráfico del correo se hubiera visto afectado por la creciente influencia de Calamidad, pero eso no les mantenía incomunicados.
—Ni siquiera lo he escrito. ¿Para qué? —dijo Leith—. Nos habrán dado por muertos o capturados, y cuando se trata de un cazador de dragones, rara vez se sabe qué ha pasado con sus víctimas.
Luchar y sobrevivir. Tres palabras que escuchaba demasiado a menudo y seguían sin gustarle, daba igual lo ciertas que fueran. Por lo que tenía entendido, el arsenal de los cazadores de dragones resultaba variado, aunque todo estuviera dedicado a darles caza. Agachándose para estar a su altura, puso una mano sobre una de sus patas, igual que si fuera un hombro, ignorando qué ofrecerla que pudiera servirla para aliviar su dolor. Después de todo, ella decidió continuar con ellos, en lugar de buscar a su familia, y ese tipo de valor no se podía compensar con facilidad.
—¿Quieres que vayamos contigo? —susurró Finnian.
—Quizás no te salgan las palabras, pero estaremos ahí para ayudarte —asintió Aer—. Saber que sigues ilesa les dará esperanza, Leith, y eso era algo que quizás antes no tenían.
Aunque primero, y por insistencia de ella, quería ver el que había sido el hogar de Aer. Así pues, tras dejar atrás una biblioteca de proporciones considerables donde no le hubiera importado perderse, llegaron a las residencias, allí donde tenía lugar esa otra vida de la escuela.
El comedor resultó amplio a la vista, influyendo que en aquel instante se encontrara vacío. Sin embargo, la zona de los dormitorios no podía ser más distinta, comparable a la sala común. No se limitaba al ruido o al movimiento, sino a la propia vida que todos sus sentidos eran capaces de captar. El olor de los dulces le acarició la nariz, junto a las carcajadas de conversaciones que algunos estaban teniendo en aquel instante. Las miradas de los elthean se posaron en ellos, curiosos por averiguar qué se les habría perdido por allí, hasta que alguien se les acercó.
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Similar a Rune, se trataba de un elthean con características de ave, aunque se asemejara a un disfraz. De plumas amarillas y rojas, llamativas incluso para los estándares del bosque, sus extremidades estaban más desarrolladas que las de su amiga, como si se hubiera entrenado para algo así. El calor que irradiaba, junto a un ligero olor a algo quemado le hizo comprender que aquel elthean, por mucho que pareciera ser capaz de volar, su elemento no se alejaba del flamígero.
—Ya sabía yo que tu desaparición no era porque te hubieras escapado —dijo aquel elthean llamado Keahi—. Nadie más me creía, pero aquí estás, compañero de un Signo.
—Me alegra volver a verte, Keahi —dijo Aer, justo cuando este le pasó una mano por la cabeza.
Un amigo, uno cercano. El destino les unió a pesar de no tener mucho en común, salvo que el resto rara vez se juntaran con ellos por ser diferentes. El grupo que formó Aer por aquel entonces no era numeroso, y aunque su amigo no desveló muchos detalles en un principio, captaba diversos, como el hecho de que, incluso recibiendo un trato así, siempre estaba bajo la atenta mirada del resto de alumnos.
—Todo el mundo habla de cómo evolucionaste para enfrentarte a Ailfryd y sobreviviste —dijo Keahi.
—Siguen tratándome como siempre.
—Has roto sus esquemas, ¿qué te esperabas?
Tenían grandes expectativas de Rune, pero el asunto de Aer era distinto. Cuando alguien te mira desde arriba, siempre pensando que eres menos importante y sucede algo que demuestra lo equivocados que eran, esas mismas personas terminan comiéndose sus palabras. El miedo a que otros cambien y ellos no sean capaces de lograrlo nunca desaparece, y recordando lo que comentó Ead, sentimientos así suscitaban algo más que envidias.
Tras una breve charla con Keahi, quien podía ser más grande que él, pero tenía un corazón comparable a un rollito de canela, este les dejó a su aire mientras se dirigían hacia el dormitorio de Aer. Siendo individual, tenía como cama una hamaca de pared, de esas en las que podían balancearse si quisieran. A primera vista no parecía cómoda, pero pronto descubrió que se adaptaba a su espalda al tumbarse sobre ella o lo reconfortante que resultaba balancearse.
—Aunque no sé como podéis dormir tan tranquilos a estas alturas. ¿No tenéis la sensación de que en cualquier momento podríais caeros al vacío? —dijo Finnian, aún sin levantarse.
—Te acostumbras con el tiempo —replicó Leith, saltando sobre la hamaca y acomodándose ella también.
En las paredes había estanterías con libros, algunos pertenecían a los de su curso, pero otros tantos eran por placer. También veía pósters en las paredes, algunos de cosecha propia, admitió Aer, mientras que otros pertenecían a amigos, o incluso retrataban lugares que le encantaría visitar. Los tonos de la pared habían adquirido un verde azulado, similar al que encontraron en el mar cercano a Alta Espada, y olía a que hubiera permanecido cerrada durante un tiempo, igual como si alguien se hubiera ido de viaje. Era acogedor, el hogar que solo había conocido hasta ahora, y por la manera que tuvo Aer de saltar sobre su cama, supo que estaba más que feliz por tenerles allí
—Te pega querer salir a conocer el mundo —señaló Leith, dejando escapar una risa.
No es que en su grupo fueran curiosos, pero sí les mantenía despiertos por la noche aquello que podían imaginar. Incluso en el techo, allá donde descansaba la cabeza mientras dormiría, pudieron apreciar lo que debían de ser las constelaciones en Elthea, aunque solo se activaba su magia cuando caía la noche.
Sin embargo, lo que más le llamaba la atención eran las fotos. Quizás no fueran muchas, pero hasta allí tenían métodos para plasmar ciertas imágenes sobre un papel. Algunos permanecían estáticas, mientras que otras estaban en movimiento, mostrando unos breves segundos de lo que sucedió por aquel entonces.
—¿Qué estáis haciendo aquí tumbados?
Rune, surgiendo del pasillo, les observó a todos poniendo los ojos en blanco. ¿Cómo era capaz de aparecer en el momento indicado? No lo sabía, pero era oportuna para la siguiente idea que tenían entre manos. Cogiendo uno de los papiros especiales, aquellos que servían para crear fotografías, se pusieron frente a él, a cada cual con una mueca más divertida que el anterior.
Segundos después, dejando que la magia lo empapara y tomara forma, pronto aparecieron la imagen de su grupo, tan sonriente como haciendo payasadas. Porque no todo debía de ser trabajo o triste, y existían muchos ratos en los que también se divertían, más de lo que le desvelarían a los otros. Entonces, cada uno dejó algo más que su rostro.
—En el dormitorio de Aer, haciendo gamberradas —dijo Finnian mientras escribía sobre aquella foto, viendo cómo su letra aparecía en dorado.
—Con Leith disfrutando de su cama —añadió la dragona, haciendo que apareciera una letra melodiosa, igual que su voz, de color morado.
—Con Rune refunfuñando de fondo —dijo Aer, mostrando una letra cuidada a la par que enérgica, de color azul.
—Con Aer cerca de recibir una buena colleja —añadió Rune, logrando lo mismo en rojo.
Su huella, su momento, algo que pasaría a la posteridad para los presentes y nadie más.
—Y Ead, de los frionach, cuya foto no le hace justicia —repuso el colibrí, haciendo que aparecieran unas letras en plateado—. ¿Por qué aparezco como un borrón?
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