《[Spanish] La Llave del Destino》Capítulo 6.1 - El Santuario
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Su salida del Ellery fue algo más que intensa. Terminaron empapados por completo y el impulso extra del géiser les permitió sobrevolar el bosque. ¡Y vaya si había cambiado! Recuperando sus colores naturales bajo un manto de estrellas, el fin de un reinado malévolo hizo que vieran incluso a esas horas cómo las copas de los árboles adquirían tonos verdes, dorados, y hasta azules. Si antes este les atrapó con éxito como un depredador a su presa, ahora desprendía un aura de calidez. La maldad que estuvo allí había desaparecido.
Barajaron la idea de visitar el bosque y ver que todo hubiera regresado a su estado original, pero decidieron aterrizar fuera, acampando en lo que Ead llamó “Santuario”. El aspecto que tenía se alejaba bastante de lo que había imaginado por su nombre. En un principio uno puede pensar que es una especie de templo donde nadie les molestaría. Hasta esperaba encontrarse algo así en el exterior del Bosque de Ellery, pero en su lugar fue una gran elevación de terreno con rocas a su alrededor a un nivel más bajo.
—Aquí podremos descansar, por ahora —dijo Rune.
—Por eso le llamó Santuario, es… —comenzó a decir Finnian.
—Tranquilo, el mejor sitio para recuperarnos —dijo Aer.
Podía ser una manera de expresarlo. Los árboles ya no les cubrían y en lugar de ello tenían un enorme campo abierto en el que sus ojos podían perderse. La zona de su alrededor y todos esos símbolos emitían un resplandor tan tenue que era imposible no verlos. ¡Si hasta brotaba agua de entre un par de rocas en la base del santuario donde podría asearse!
—¿Ves el suelo marcado? Eso significa que es un espacio protegido, el mal no puede entrar —dijo Ead, revoloteando por encima de su hombro.
—¿Ni siquiera por arriba? —dijo Finnian, señalando el cielo.
—Quédate tranquilo, Finnian. Podremos descansar —dijo Aer, frotándole en el brazo.
De su mochila fueron sacando lo necesario para instalarse, como la tienda de lona que colocaron en el centro del santuario junto a la hoguera que encendieron. Aunque en su mochila encontraron un par de piedras para prender la llama, contar con una dragona como Leith tenía sus beneficios.
—Mira, ¿ves esto? —dijo Aer después de arrastrarle hasta la fuente de agua, señalando a la vegetación.
Eran bayas, aunque podían parecer una miniatura de fruta de su mundo. Moras del tamaño de manzanas y con un sabor que mezclaba las de estas con la piña, aunque muy refrescantes. También había otras parecían un racimo de plátanos, pero de color azul con un sabor entre fresa y uva.
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—¡Y lo mejor de todo es que no tienes que comer muchas para llenarte! —le explicó Aer, dándose palmaditas en la barriga.
—Deberíamos de llevarles unas cuantas a las demás —dijo Finnian.
—Agua también. Cuando pruebes la de un Santuario, verás que es mucho mejor que cualquier poción que puedas crear —le aseguró Aer.
Y aunque no era su cena preferida, resultaba mejor que nada, dadas las circunstancias. Así, reuniéndose junto a la hoguera, su grupo devoró aquella comida como si hubieran estado días sin pegar bocado.
—¿Cómo aguantáis todo esto? —dijo Finnian—. Apenas hemos parado en dos días, sin contar el peligro mortal que siempre nos acompaña.
—Así es vivir en Elthea, o al menos cuando abandonas zonas seguras.
Los más fuertes sobrevivían, los débiles perecían. Al menos esto podría evitarse en las “Dorean” como el Gran Árbol Galya. Se trataban de lugares parecidos a los Santuarios, protegidos del mal, aunque también era donde surgían los huevos de elthean. Dentro de ellas había pequeñas ciudades, enfocadas sobre todo a ofrecer un entorno seguro donde crecer a los elthean que nacían allí, además de los que terminaban quedándose a vivir.
—Rune y yo somos del Galya. Esta es la primera vez que salimos, aunque nos enseñaron a pelear, pero… —dijo Aer, mostrándose bastante pensativo por una vez—. No todos los elthean son buenos y debemos defendernos. Al final uno termina acostumbrándose a luchar. Por eso sabemos sobrevivir a pesar de estar lejos.
—Sois increíbles —admitió Finnian.
—¿En tu mundo no hay cosas así? —añadió él.
¿Buenas, malas y feas? Lo que conocía era por la televisión y en su colegio. No es que pareciera un campo de batalla, pero se trataba de lo más cercano que tenía. Había niños que le molestaban por no ser tan alto como ellos, o porque prefería leer a estar pateando un balón.
—¿Qué es el fútbol? —dijo Aer.
—Es un deporte que se me da fatal —admitió Finnian.
—¿En serio? Parece peligroso.
—Tampoco tanto. No es que juegue mucho. No se me dan bien esas cosas —explicó Finnian.
—Pero aquí te acostumbrarás. Lo llevas en ti, aunque aún no te lo creas —dijo Aer.
Después de acabar la cena, el cansancio en su grupo era más que evidente. Rune terminó apoyándose en la dragona, lo que era curioso si tenía en cuenta que no la quiso con ellos. Suponía que el luchar codo con codo unía a cualquiera.
—Hay algo de lo que aún no hemos hablado, Ead —dijo Finnian, sacando la llave de uno de sus bolsillos.
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No había tenido tiempo para mirarla con detenimiento, aunque también estaba esperando a que el colibrí hiciera alarde de sus conocimientos. La llave no había abandonado su bolsillo desde que fue hacia él y era bastante distinta a la versión oxidada de la bruja. Con un pequeño cristal en el centro, muy similar a su propio colgante, aquella llave se veía más hermosa, aunque también sencilla. Mostrándosela sin aguardar más, esperó que pudiera desentrañar el misterio que les rodeada. Total, ¡parecía una mini enciclopedia con alas!
—Eres el único que no sabe lo que son los artefactos. ¿Por qué no me lo has preguntado antes? —dijo el colibrí.
—Estaba esperando a que nuestras vidas no peligraran —dijo Finnian.
—Bien visto. ¿Sabes lo que es tu colgante? Lo llamamos la Marca de los Signos —comenzó a explicar Eadward.
El cristal que descansaba sobre su pecho era el distintivo, un artefacto único que solo pertenecía a los Signos. Reaccionaba a su poder y era la manera más rápida para identificarles.
—Ya viste que esa bruja, Lelile, se parecía a ti, pero algo mayor —dijo Ead.
—Tú tienes un olor que te hace único —intervino Aer.
—Ese colgante es lo que nos facilita saber quién eres tú —dijo Ead.
—Y la llave es… ¿otro artefacto? —dedujo Finnian— ¿Tenéis vosotros alguno?
—Claro, pero no todos podemos utilizarlos —dijo Ead—. Eso es lo que ha pasado con Lelile. Debió de hacerse con ella de algún modo y exprimió su fuerza, a pesar de que no la pertenecía. Por esa misma razón la consumió hasta convertirse en lo que vimos.
Una versión oscura y paranoica con tendencias de tirana si no la hubieran derrotado. Los artefactos, a grandes rasgos, eran objetos mágicos de muchos tipos. No todos podían ser usados por cualquiera y existían otros más exigentes, como ocurría con esa llave. Si caía en manos equivocadas, su propio poder terminaría consumiéndoles y transformándoles en algo que no eran.
—¿Y cómo sabéis si podéis usarlo o no? —dijo Finnian, rascándose la nuca.
—Por nuestra naturaleza, al entrar en contacto con uno notamos si es compatible con nosotros o no —dijo Ead—. Por eso tengo claro que es un artefacto muy poderoso, y que Lelile no debía de ser malvada.
—Dejó de servirle cuando estábamos cerca del bosque. Y la llave ha ido a ti. Quizás estaba esperando a que tú llegaras, igual que nosotros —puntualizó Aer.
—Es bastante probable. Pero su poder también parece terrible. No solo la cambió a ella, sino a todo el bosque —señaló Leith mientras descansaba.
—Estaba bajo su dominio —dijo Rune.
—¿Dominio? —repitió Finnian—. ¿Qué es eso?
—La razón por la que cambió el bosque —respondió Aer.
Era cuando alguien controlaba una zona. Igual que en su propio mundo, Elthea contaba con localidades, países, continentes, todos con sus divisiones. Un elthean fuerte podía lograr el control de su zona, eso es lo que llamaban “Dominio” o también “Reinado”.
—Algunos son por liderazgo —dijo Aer.
—Otros son por fuerza bruta, como lo que vimos en el bosque —dijo Ead.
—Pero esta vez fue por la influencia de esto —dijo Finnian, con la llave aún en la mano— que afectó a la bruja y a su entorno.
—¡Exacto! —dijo Ead con entusiasmo al ver que lo comprendía.
—No quiero acabar así —dijo Finnian, negando con fuerza la cabeza.
—Su poder te pertenece, Finnian —dijo Ead con una calma que le hizo olvidarse de todo por un brevísimo instante—. No actuará así contigo. Al menos es lo que tengo claro.
—Siempre puedes guardarla hasta que lleguemos al Galya —sugirió Aer—. Seguro que allí podremos entender mejor qué es.
—Lo que nos lleva al siguiente misterio. ¿Cómo lograste que cambiaran? —dijo Ead, volando a la misma altura que su cabeza, emulando el contacto visual.
—¿Que ambas evolucionaran? —dijo Finnian—. Pero si vosotros sois los que me repiten que tengo ese poder. ¿Qué hay de raro?
—No. Los Signos pueden hacer evolucionar a su compañero, en singular, pero a ningún otro elthean más —dijo Ead con cierto tono sabelotodo—. Y tú hiciste que ellas dos lo consiguieran.
—¿Por qué me preguntas esto cuando sabes que no tengo ni idea? —dijo Finnian—. ¡Surgió sin más!
Fue un acto reflejo, aunque solo sucediera cuando el peligro aumentara. Esperaba que no fuera el único factor, pero en apenas veinticuatro horas sucedió en dos ocasiones.
—Era calidez —dijo Rune de golpe, abriendo los ojos como si acabara de despertarse.
—Como si la esperanza llegara tras la desesperación —añadió Leith.
—Y que juntos podríamos hacer frente a cualquier obstáculo. Lo sentiste también, ¿verdad? —dijo Aer, a lo que Finnian asintió.
—Sea como sea, hay dos cosas que debes tener en cuenta —les interrumpió Ead con decisión—. La primera es que, al ser capaz de hacer algo así, el peligro es mayor de lo que imaginábamos.
—¿Y la segunda?
—Que debes aprender a usar tu magia, Finnian, si quieres volver sano y salvo a tu mundo.
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